Bajo el umbral de la esperanza

La gélida noche ululó su viento erizando tu cansada piel. De pronto aquel contacto frío te hizo recordar sus  escuetas caricias, tan lejano y de pronto adictivo. Así te enamoró, con ojos opacos que no transmitían nada, pero si mirabas con atención y con una pizca de cautela, te perdías en su profundidad. Lo conociste solitario, meditabundo y con las cejas fruncidas entre líneas del sádico Quiroga. Eso es lo que te sorprendió, te atrajo y terminó uniéndote a él frente a un altar de lirios y magnolias.

No todo fue perfecto, y es lo que más amabas de él. Era capaz de leer entrelineas cada una de tus palabras; incluso a veces daba un giro jocoso, y de pronto el vecino era la acérrima amenaza de su matrimonio, y cuando juntaba evidencia –una sonrisa por demás cordial, diez minutos extras en el supermercado, una llamada no contestada– todo era prueba suficiente para su tergiversada imaginación que nublaba su ánimo y se volvía más arisco, desconfiado y soez.

El amor ciega, engaña a pasos agigantados y se necesitan treinta y cinco años a su lado para que la venda caiga de la mirada nublada por el más puro amor. Entonces, aquellos celos se antojaban amenazadores, la rectitud de sus labios apretados como una advertencia a una lengua envenenada cual serpiente en espera de su presa; y ésta siempre eras tú, la que le amaba, la que soportaba hasta el grado que dolía, sangraba. Porque cada herida tardaba más en suturar.

Últimamente perdías más lágrimas de dolor que de felicidad.

Ahora tu corazón se encogía de temor, ya no era el ávido lector que te enseñaba sus más preciados versos. No, era un ser distinto que te visitaba más a menudo. Y sus gritos ya eran escuchados hasta la esquina, tú sólo callabas, sollozando. Hasta que Julián se enteró de sus desplantes, entonces el clímax llegó. Víctor, cegado por letras clásicas de un rey que usurpó el lugar de su padre, puso vuestros rostros en aquellos personajes; ya no sólo dudaba de ti, ahora también lo hacía de aquel hijo de ojos pardos como los suyos, y él era el causante de todas sus sospechas, mal influenciándote con esas ideas joviales y paradigmáticas.

Eso rompió el cristal. Sin llevarte más que un bolso mal organizado abandonaste el hogar que compartieron por más de tres décadas. El ceño fruncido de aquel día aún perdura en tu memoria, esta vez no fue lo que dijo, sino lo que calló. ¿En dónde se escondían aquellas palabras afiladas que estocaban tu corazón a cada momento? Ahora sólo había silencio; y éste no mitigaba nada, incluso era peor. Como si todo aquel rosal plantado con esmero fuera hecho añicos, quedando allí las dolorosas espinas. Como si no valieras nada después de todo.

Entonces bastó agosto, y septiembre e incluso el cruel octubre, pero al llegar noviembre todo aquel periodo te supo a desespero. Porque tu conciencia gritaba tan fuerte como sus reproches, sólo que preferías el exquisito léxico que aderezaba todo lo que decía –evidencia oral de horas dedicadas a hojas amarillentas con olor húmedo– porque en tres meses la mitad de la comida que cocinabas terminaba en refractarios que sobraban tanto que ni los perros podían terminar con ella. Ahora hacer las compras sin la adrenalina pendiendo en un cronómetro mental que dictara que. un minuto más y su frente, más arrugada que de costumbre, te recibiría en el porche de la casa. Era tanto y tan poco lo que te hizo volver, con tu viejo bolso y un abrigo que te quitarías colgándolo en el perchero del recibidor.

Escuchaste el correr de sus pantuflas contra aquella cerámica que elegiste antes que los pequeños volaran. Por un momento tu corazón se aceleró al imaginarlo dubitativo con su mano marchita atrapando la perilla. Ya te imaginabas el sonido del pestillo al ser desbloqueado y las bisagras de la puerta rechinando al abrirse, estaría bajo el umbral; sin emoción como siempre, pero con cierta sorpresa bajo sus pupilas. Mas nada pasó, su áridas palabras atravesaron la caoba perforando tus oídos —vete— ordenó mientras escuchabas la lejanía de sus pasos al marcharse.

No te fuiste, él abriría, y aunque no lo hiciera, serías capaz de permanecer en aquel escalón, sentada sobre aquella moqueta que daba la bienvenida a todos menos a ti. Pero sabías que tú tenías a Julián, a la señora que te regaló aquel retoño que hoy adorna tu jardín con jazmines y al resto de los vecinos que se mostraban empáticos con tu situación. Pero ¿y él? ¿Quién permanecía a su lado ahora que ya no estabas? Porque estaba solo y sólo tú entrabas en aquella soledad.

Entonces el chillido de la puerta cantó la bienvenida que él no profesó. Fue un error haberte ido y estabas tan arrepentida que no buscabas su compasión. Sabías que un jarrón roto jamás volvería a ser el mismo. Te bastó con el acceso a ese refugio de murales débiles que calentaba tu ser, con horas frente al televisor riendo como si nada hubiera ocurrido, con desayunos silenciosos en los que tomabas tu café con dos cucharadas de edulcorante, eras feliz bajo la lluvia vaporosa que relajaba tu sexagenario cuerpo ya flácido como el suyo. Eran, de nuevo Marta y Víctor frente a todos.

Pero pronto recordaste sus manos, sus ojos y lo más superficial de su ser, lo más profundo todavía lo tenias. —Necesito tus caricias, Víctor— tímida como la primera vez que lo expresaste décadas atrás comentase buscando sus manos.

Entonces todo pasó, dolor invadiendo tus sentidos, el tenedor de sus manos fue una explosión de sentimientos que no cabían en él. De pronto estos se escapaban en el color escarlata de aquel fluido viscoso que emanaba tu mano, aquella en donde colocó la alianza que los uniría para toda la vida; y querías gritar, pero tu voz era suya. Fue ahí cuando lo comprendiste, regresaste por una razón: Porque la sangre que corría por tus dedos escurriéndose hasta la mesa tenía la esencia de él, cada latido que dabas era por su causa. Eras suya, tan suya como él te pertenecía.

Porque su amor, inverosímil, era único. Tortuoso, pero verdadero.

Y podías huir, esconderte por siglos, escapar a la lejanía del horizonte, y aún así estaría dentro de ti, con ese amor doloroso que tendrías tatuado en el alma, cerca de cada sístole que viajará por tus pulmones, inhalando su ser; exhalando tu amor, su amor, que ahora se encontraba manchando el cedro de rojo, como la pasión, como el amor…

Después de todo ¿Qué tanto es amar para siempre?

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