Princesa de Estocolmo

En un principio creía en castillos mágicos e impenetrables, allá donde se resguardaba a la hermosa reina en la torre más alta de la comarca. Y ella era la princesa, tímida y con fragancia de jazmines.

Pronto se vio solitaria con una expresión de sosiego en rostro de marfil, las lágrimas se habían encargado de vaciar su existencia. Era un ente amorfo en tierra de gigantes. Era tan anómala. Las siguientes semanas las vivió por mero azar. La Epifanía de una muerte se vislumbra en el horizonte.

Ahora era una habitación inmensa, de cortinas oscuras y murales sobrias. La única compañía que tenia eran los génes más próximos de su ser. Dos, tres. Nunca supo cuántos eran en realidad, sólo estaba él, de temperamento hosco y sin piedad en sus ojos. Taciturno cuando socializaba. A veces ignoraba que siquiera era humano, era tan alienado que fulguraba un aura casi inexistente.

Penetrando. No supo cómo se vio atrapada en esas figuras estilizadas frente a sí. Era estultamente salvaje, pronto descubrió que fue el primer sadismo que había probado. Eran de mármol, casi tan nacarados como su piel, una luz roja incitaba a que inundaras tus fauces tratando de descubrir cuando terminaba una silueta y comenzaba otra. Dudosa extendió una mano a lo que parecía el muslo del gallardo protagonista, frío, como su presencia, causo que una corriente atravesara su más profundo psique. Sabía que era incorrecto, mas no dejó de observar, más por mesmerismo que por curiosidad. Él era alto, su fornido cuerpo abalizaba la dirección de ambos, desde su predominante pierna que, cual larga, cubría la parte baja de la estilizada mujer quien desde ahí miraba con sus manos entrelazadas en plegarias; grotesco, el rostro arcaico sólo se encargaba de dejarle en claro que él mandaba ahí; sellando su dictadura con un brazo sujetando su cintura mientras el otro halaba de un tirón todo el cabello de la pobre fémina, su cabeza formaba un ángulo casi doloroso.

Él dominaba. Ella sufría.

Cuando la puerta se cerró simultáneamente despertó de ese letargo, era tarde para dar explicaciones. La miraba con algo más que odio. Ella pidió tiempo para entenderlo. Él, claro y conciso, mencionó que esas cosas no se entienden; simplemente se aceptan, tal cual vienen. Una negativa no tenía cabida en esas artimañas…

En el acantilado derramaría la última gota de sangre, él fue el primero. Él sería el último. La princesa se había convertido en reina, pero no había una torre en cual salvaguardarla. El dragón se tragaba sus alas, sus lágrimas sabían al piélago. Volviendo su rota mirada a ese reflejo, no creyó que mediante un simple objeto fuera capaz de percibir tanta belleza.

nigror.png

Anuncios